Un hombre cayó en un pozo y no podía salir.
Pasó un optimista y dijo: “No estás tan mal. Podrás salir”.
Pasó un pesimista y dijo: “¡Qué horror! ¡Nunca saldrás de allí!”
Pasó una persona objetiva y dijo: “Es lógico que alguien caiga allá dentro”.
Pasó una persona autocompasiva y dijo: “¡Usted no ha visto nada hasta que vea mi pozo!”
Pasó un legalista y dijo: “Probablemente mereces estar en ese pozo”.
Pasó un fariseo y dijo: “Solo gente mala cae en los pozos”.
Pasó un carismático y dijo: “Solo confiesa que no estás en el pozo.”
Pasó un oportunista y dijo: “¿Cuánto estás dispuesto a pagar por salir?”
Pasó un siquiatra y dijo: “Vamos a platicar acerca de tu pozo”.
Pasó un psicólogo y dijo: “A lo mejor es culpa de tus padres que estés ahí”.
Pasó un moralista y dijo: “Ahora que te has manchado en ese pozo ¿Quién te va a querer?”
Pasó un matemático y dijo: “Quiero calcular como caíste en el pozo”.
Pasó un periodista y dijo: “Quiero una entrevista exclusiva sobre tu experiencia en el pozo”.
Pasó un cienciólogo y dijo: “El pozo solo está en tu mente”.
Pasó un terapeuta y dijo: “Cree en ti mismo, y podrás salir del pozo”.
Entonces vino Dios. “Y me sacó del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre suelo firme, y a medida que yo caminaba, me estabilizó”. (Salmo 40:2).